La guerra de los espejos
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La guerra del Cóndor es el modelo del arte bélico tercermundista contemporáneo: a falta de misiles Scud, tanques y aviones suficientemente contemporáneos, o de dinero para financiar una guerra al modo de Irak - Irán, de la ex Yugoslavia o de Chechenia, ecuatorianos y peruanos han optado por una guerra de espejos, un reto para los analistas políticos, militares y científicos, y una advertencia para los periodistas profesionales. Esta info-guerra utiliza la gigantesca red mundial de telecomunicaciones lo que incluye noticieros locales, continentales, señales de cable y la famosa Internet; se burla de la objetividad de los periodistas que gracias a esta asignación descubren que no basta con los cursos de periodismo de la Facultad para informar verazmente sobre situaciones confusas; reproduce hasta el infinito las mismas series de mensajes audiovisuales que muestran soldados identificados como ecuatorianos algunas veces y como peruanos otras; y obliga a aquellas personas que no hayan sido cegadas por los nacionalismos a dudar incluso de la existencia de un lugar llamado Tiwinsa. O dos. O tres.

Si usted tiene acceso a la señal de cable, habrá visto con claridad cómo los mismos videos han sido reproducidos en los noticieros internacionales que han prestado alguna atención al conflicto (Cadena Sur, CNN y NBC) y cómo los canales peruanos toman las imágenes de las transnacionales de las noticias. Así, en alguno de los días del conflicto del Cóndor, se vio el mismo vídeo - el de unos soldados entrando a una trinchera - en casi 11 medios distintos - ocho canales peruanos y tres transnacionales del cable - y, en cada medio, apareció aproximadamente dos veces en distintos momentos del día… ¡Entre 15 y 20 veces en un día! Lo llamativo es que en ningún caso la imagen estaba en correlación con cl hecho referido por el texto hablado de la nota periodística, sino como mero acompañante decorativo de las palabras del locutor(a); no sólo eso, la imagen era, además, una representación teatralizada por los soldados. Claro, los ecuatorianos hicieron lo mismo, ¡pero ni a un lado ni al otro de la cordillera del Cóndor los noticieros tuvieron la honestidad de decir que sus imágenes eran teatralizaciones!

Así, a veces la TV continental muestra soldados de un bando mientras se escucha comentarios referidos al ejército del otro lado y exhibe dudosos fuegos de artillería que surgen de las bocas de cañones que, como los soldados mencionados, pueden pertenecer a cualquiera de los dos bandos y estar en cualquier parte. Mapas alterados, aviones derribados, soldados caídos, bilocación de puestos militares, todo es permitido por la censura militar, la inaccesibilidad del Cóndor a periodistas y observadores internacionales y la casi inexistencia de un serio periodismo televisivo de investigación. Las cifras y los nombres se diluyen en una batalla entablada entre los comunicadores políticos y militares de dos pequeñas repúblicas cuyos habitantes, por la ceguera del patriotismo o la conveniencia política, quieren creer, creen o simulan creer las versiones dadas por las fuentes oficiales de sus respectivos países mientras que los noticieros latinos internacionales se limitan a dar cuenta de un confuso desaguisado fronterizo en la cordillera del Cóndor. Los noticieros europeos y los norteamericanos de habla inglesa, por otra parte, han ignorado estos sucesos casi totalmente.

Las imágenes, carentes de contenido, se multiplican y reflejan unas a otras mientras los contendientes reclaman victorias militares y posesión de lugares que llevan los mismos nombres. En este juego de espejos, la objetividad no existe pues la realidad militar es conocida sólo por los militares, y los videos transmitidos por las televisoras no son elaborados por los periodistas, sino entregados a éstos por los ejércitos. La aceptación y repetición acrítica de las versiones oficiales por muchos corresponsales internacionales, sobre todo al comienzo del conflicto, y los salmos triunfalistas de los periodistas peruanos y ecuatorianos, obligan a pensar en muchos de éstos como "tontos útiles" de los servicios de inteligencia o, por lo menos, y es lo más probable, de la dinámica trivializadora y apurada de los espacios y horarios televisivos noticiosos.

Las excepciones existen, como es el caso del Sr. Gestoso de CNN Internacional, quien pusiera en apuros al Sr. Ballén, presidente del Ecuador, al exigirle pruebas de sus afirmaciones. Destacó también el periodista ecuatoriano que interrogó al ministro de defensa de ese país, general Gallardo, cuando hizo que el funcionario dijera que la Tiwinsa que Ecuador controla está en "la zona del río Tiwinsa" (sic) y, claro, eso excluye las disputadas nacientes del río Cenepa. Finalmente, también hizo un buen trabajo la corresponsal peruana que obtuviera, del oficial ecuatoriano al mando de la Tiwinsa ecuatoriana, la misma referencia al río Tiwinsa y no al Cenepa.

La aldea global se constituye así en una peligrosa herramienta generadora de "realidades" para los espíritus ingenuos. En este juego de ilusiones, destacan sólo las notas humanas: el ciudadano ecuatoriano que, con emoción a duras penas contenida y lágrimas de rabia en los ojos, declaró que "había que matar a esos peruanos"; la reportera peruana que, alterada, rehusó ser entrevistada por un corresponsal de la NBC en la Tiwinsa ecuatoriana del río Tiwinsa, quizás creyendo que había una única Tiwinsa y que Ecuador la ocupaba; el soldado peruano en Tumbes que, al ser enfocado por la cámara, ocultó su rostro bajo el casco y, con él, el miedo enorme que debía estar sintiendo mientras sus inconscientes compañeros reían y coreaban lemas de ocasión; el soldado peruano de ¡17 años! que, recién llegado del Cenepa, contestaba parcamente al entrevistador mientras su mirada no se dirigía a la cámara sino a algún lugar fuera de ella en una actitud que le resultará comprensible si se imagina a usted mismo luego de 15 días recibiendo fuego de artillería y fusilería, caminando entre restos humanos desgarrados, y matando.

La aldea global también permite observar instantáneas de la estupidez humana: imágenes televisadas de ecuatorianos y peruanos - gracias a Dios no todos - que, vibrando de "patriotismo", se presentan voluntarios, marchan por las calles y queman banderas "enemigas"; imágenes de madres que proclaman su deseo de ir al frente a "combatir", en una actitud celebrada por algunos locutores que hacen cualquier cosa excepto presentarse voluntarios en los cuarteles; la consagración del kitsch en el nombre "Tensión en la Frontera" - dado por un canal local a su bloque informativo sobre el conflicto - cuya única virtud consiste en darnos una pequeña idea de los motivos de los "objetores de conciencia" norteamericanos durante los años negros de Vietnam o las protestas actuales de las madres de los soldados rusos destacados en Chechenia. En definitiva, gracias a la excitación de los medios, la guerra se convirtió para muchos en un lamentable carnaval ajeno a la dura realidad de los soldados en el Cóndor.

Una consecuencia positiva de la acción de los medios de comunicación en esta largamente conflictiva relación peruano-ecuatoriana se derivaría de la evidencia del ocultamente de la verdad a partir de las referencias a dos Tiwinsas (la del río Cenepa y la del río Tiwinsa), quizás tres. Pero el espejo funciona aquí también ya que ecuatorianos y peruanos podrían utilizar en sus países los mismos argumentos en contra de sus respectivos dirigentes y decir, por ejemplo:

"Basta de fanfarrias triunfalistas. Reconozcamos que el otro bando ha ganado el round militar porque mantiene tropas en nuestro territorio, el round político porque la separación de fuerzas acordada no nos permite desplazarnos en nuestro propio país; y el diplomático en la medida que la declaración de paz es ambigua y no conduce a la demarcación de la frontera y porque los garantes no condenan la agresión del otro bando".

De este modo, las referencias peruanas y ecuatorianas a una Tiwinsa en el río Tiwinsa y a otra Tiwinsa en el Cenepa ponen al descubierto la bilocación toponímica y la mentira lo que bien podría hacer que ambos pueblos pidieran a sus políticos y militares las cuentas del conflicto y, tal vez, empezaran a dejar de escuchar a sus nacionalistas exaltados y a los de última hora.

Es probable que los peruanos echemos en saco roto las pendientes sospechas de narcotráfico que pesan sobre personas cercanas a algunos jerarcas del autogolpeado régimen del 5 de abril, y es probable que reelijamos a un presidente que, como bien dicen los ecuatorianos, miente. También es posible que los ecuatorianos se nieguen a ver los vínculos entre las privatizaciones, los recortes presupuestales de sus fuerzas armadas y el conflicto, que no se percaten de que su presidente también miente a pesar de su estampa de viejo hidalgo y que candorosamente crean que el narcotráfico sólo existe más allá de sus fronteras norte y sur. De lo que ninguno de los dos regímenes debería poder escapar, es de la responsabilidad política por la falta de previsión, por la ceguera y por el legado a los gobiernos que les sucedan. No quieran los pueblos reelegirlos.

La Guerra de los Espejos nos enseña pues a no creer en las imágenes - viejo precepto bíblico - y a exigir pruebas irrefutables o. por lo menos, conjeturas razonables a aquellos medios que parecen creer que la verdad no es necesaria. Los periodistas, para enero del próximo año, deberán haber leído el Protocolo, el fallo arbitral de Díaz de Aguiar y las primeras Constituciones de los Estados ecuatoriano y peruano. Deberán haber estudiado un poco de geografía también. Las facultades de periodismo tendrían que crear un curso de dinámica económica en el origen de los conflictos bélicos" y uno de "periodismo en tiempos de guerra", y quizás así eviten que sus exalumnos hagan papelones repitiendo versiones oficiales como si fuesen ciertas o declamando ridículos y patrioteros panegíricos como si eso fuese periodismo.

Si es cierta la nota publicada en El Comercio sobre un oficial ecuatoriano que declaró que algunos soldados habían tenido que ser evacuados con los tímpanos rotos por el bombardeo y si es cierto que en la Tiwinsa del Cenepa había alrededor de 1500 soldados ecuatorianos, sólo imagine cuántos muertos de ambas naciones debería haber ahí. La historia probablemente se conformará con los números oficiales de bajas dados por las partes pero, con estas palabras, más allá de los massmedia, quiero dejar constancia de la sospecha de una verdad espantosa.
Por Alfredo Elejalde F.
Lima, Viernes 15 de febrero de 1995.
(17-07-2003)

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